ROSE DIVINE
En
aquellos años trunqué mis estudios y me fui a la aventura a California, una
aventura de 6 años en las que le hice de todo: desde pizcar fresa, mandarina,
chabacán, tomate, almendra, uva, de obrero, anduve de montacarguista, de
troquero,… y uno de los episodios más
bonitos de esa época fue cuando
circunstancialmente tuve la oportunidad de crear un conjunto de acordeón y
bajosexto.
Tenía
19 años y vivía con mis queridos tíos Lupe e Isidro, y mis primos Irma y Juán, en un pueblito que se llama
Le Grand, como a 45 minutos al norte de Fresno, en una pequeña vecindad que yo
llamé “Rose Divine”. Era una vecindad en forma de “U” con 3 casitas en cada
lado, las casitas de los extremos eran las mas grandes, las demás eran de 2
aguas como de 4 x 3, con servicios sanitarios comunes al fondo.
Cada
tarde después de llegar de mi trabajo en el fil (por la pronunciación de campo
en inglés) me daba una buena ducha y mi tía Lupe ya tenía lista la cena en la
que nunca fallaban las tortillas de harina y el cafecito. Después de la cena
tomaba mi guitarra y me salía al frente de Rose Divine y en una banca medio
maltrecha me sentaba y empezaba a rasgarle a la guitarra, tratando de sacarle
alguna melodía, pero la verdad aún no era muy bueno para eso.
En
una ocasión que estaba con mi guitarra pasó un individuo en un Chevrolet 1957 que por cierto es uno de los autos clásicos
más atractivos. De rato volvió a pasar y el fulano volteaba hacia donde estaba yo con mi guitarra. A la
tercera vez ya se detuvo, se bajó del auto y se dirigió hacia mi. El cuate este
era bajito de estatura, aguerado y con ojos medio verdosos, con un peinado a la
Ritchie Valenz.
-“Buenas…
oye disculpa, es que te he visto que estás aquí con la guitarra y pues quería
preguntarte que tan bueno eres para tocar… ah, disculpa, me llamo Homero Zepeda
y vivo aquí atrás del vecindario”.
-“Que
tal Homero… yo me llamo Víctor “, y nos dimos un estrechón de manos.
-“Pués
la verdad nomas algunas pisadas, algunas
canciones, pero no es gran cosa”, le dije.
-“Bueno,
es que yo estoy aprendiendo a tocar el acordeón… ¿Cómo ves si nos juntamos a
ver que nos sale?... yo me sé algunas
pisadas de bajosexto en la guitarra y te las podría enseñar”.
-“Pues
por que no… tu dices en donde te busco.
Homero
me dio señales para llegar a su casa en otra vecindad y quedamos para vernos
ahí todos los días como a las 7 pm. Al
siguiente día fui a buscar a Homero a su vecindad, que me gustó porque tenía
varios árboles grandes al centro y eso como que lo hacía más fresco que Rose
Divine. Ya tenía dos sillas dispuestas y una buena jarra de limonada. Me
presentó a su esposa que era una mujer de tez morena, también bajita, muy
atenta y con ojos de un color verde yerbabuena. Bueno, el color de ojos de
Homero y los de su esposa hicieron una buena combinación que por lo pronto
heredaron a sus dos pequeñitas. Empezamos la práctica y Homero me comento que
al acordeón ya le sacaba algunas canciones. Me enseñó los pases de bajosexto y empezó
a sacarle chispas a su acordeón de botones,.. de dos hileras.
Como
a la semana ya nos salían bien algunas canciones y como a las dos semanas
Homero me dijo: -“Mañana me voy a hacer de una de tres hileras porque ya me
hace falta esa tercera hilera”. Por
alguna extraña razón los acordeonistas de ayer y de hoy se refieren al acordeón
en femenino, como si al tocar estuviesen acariciando a una bella mujer.
Al día
siguiente que llegué a la práctica ya estaba Homero con una sonrisa de oreja a
oreja, presumiendo su acordeón nuevo, un Hohner negro de 3 hileras de botones.
Y a partir de entonces empezamos a acumular
en nuestro repertorio un buen número de canciones rancheras, boleros, polkas,
huapangos y una que otra en inglés. Ya entrados en gastos, al siguiente sábado
yo me fui a comprar una guitarra eléctrica y un amplificador Fender medianito, ah, y un micrófono. Y pues ya se
imaginarán… empezamos a hacer más ruido.
Alguien
le comentó a Mr. Greg, dueño de la cantina Old Pioneer de nosotros, nos buscó y
estuvo un rato escuchándonos, Greg era gringo pero a su cantina iban casi puros
“chicanos” (mexicanos) y eso lo obligó a aprender algo de español , luego nos preguntó
que si queríamos tocar en la cantina los jueves, viernes y sábados, que él nos
daría veinte dólares por tocada, más lo que pusieran los parroquianos en una
copa por las canciones que nos pidieran. Nos quedamos viendo Homero y yo y luego él dijo –“¿Cómo ves?”, y yo le
respondí que sí, que qué podíamos perder.
Muchos
chicanos eramos clientes del Old Pioneer y sobre todo porque como se trabajaba
en el fil y por esos lugares el calorón es una constante, entonces lo teníamos
que mitigar con unas cervezas “Hams”. En la radiola de la cantina el 80% de las
canciones eran de “conjunto” (acordeón), algunos boleros y el restito en inglés,
recuerdo que había de Frank Sinatra, Bobby Darin y Neil Sedaka.
Al
día siguiente ya era viernes y para las 8 de la noche ya nos estabamos
instalando en el estradito en el rincón de la cantina. Greg puso una copa
grande de cristal sobre el ampli y nos dijo -“It’s for the tips” (para las
propinas).
Le
Grand era (y sigue siendo) un pueblo muy pequeño, casi puros hispano-mexicanos,
mucho sembradío principalmente de tomate y almendra, y nomas había “uno” de
cada cosa… una iglesia, una cantina, una gasolinera, una tienda, una cafetería
, una placita,… El Old Pioneer era una cantinita de ladrillo, un rectángulo, muy
bien cuidada. Tenía una barra de madera bien tallada color café obscuro a la
izquierda y como de 6 metros de largo, del lado derecho como 5 o 6 mesas con 4
sillas cada una y al final el estrado o rincón en donde debutaríamos Homero y
yo.
Mientras
los parroquianos empezaban a llegar, hicimos la lista de canciones que
podríamos tocar. De rato llegaron los primeros clientes y nos vieron con cara
de “¿y estos?”, saludaron y se sentaron. Luego llegaron más clientes y ya cuando
eran algunos ocho el dueño de la cantina nos hizo una señal, indicándonos que
ya podíamos empezar a hacer ruido. Las
canciones que más gustaban en ese entonces eran de Los Relámpagos, de Rubén
Vela, de Gilberto Pérez, de Tony de la Rosa, y empezamos con una polka de
Gilberto Pérez. La terminamos y yo creo que nos fue bién porque aplaudieron.
Homero y yo nos vimos como pensando lo mismo… “parece que les gustó”. Y como que se rompió el hielo y se nos
quitaron los nervios, y seguimos cantando y tocando ya más sueltos, y los
clientes pidieron canciones y con cada petición ponían en la copa 1 ó 2 dólares
por cada canción solicitada. Total, ese día fue nuestro debut ante el público, nos
fue muy bien y salimos con los 20 dólares más 16 de las propinas. Esa pizca
estuvo buena.
Como
a las dos semanas entró al Old Pioneer un chavo alto, delgado, con cara de
boxeador amable, y se sentó en la barra. Cuando hicimos el “break” se levantó y
nos fue a felicitar.
-“Oigan…
tocan muy bien… los felicito… eh, como ven si, es que pues yo tengo una tambora
y la se tocar, y se que no tienen a nadie que toque la tambora. ¿Cómo ven si me
dan chanza de tocar con ustedes?”.
Le
dije a Homero –“¿Cómo ves?... yo creo que nos hace falta eso”, y mi compañero
asintió y le dimos la bienvenida al boxeador amable que se presentó como German
Lira. Debo decir que el término
“batería” no lo usan por allá, entonces tocan los tambores (drums).
Para
el mes de estar tocando en el Old Pioneer ya teníamos dos micrófonos, dos amplis (uno
para las voces y otro para mi guitarra), acordeón y batería. Obvio decir que ya
hacíamos buen ruido. La verdad Germán resultó ser un excelente tamborero (drummer)
y mejor amigo. Quiero agregar que todos andábamos en la misma edad, más menos
20 años. También supimos que Germán acostumbraba a ir un gimnasio a practicar
el box… vaya coincidencia.
Seguimos
tocando en el Old Pioneer y disfrutando de nuestra suerte porque estábamos
haciendo lo que nos gustaba, hasta que alguién nos mandó a un recomendado que
se presentó como Felipe Galicia y quien resultó ser un buenazo para el
bajosexto y además tenía una voz preciosa para alcanzar los contraltos.
Para
ese entonces Homero ya se había cambiado a una casa en medio de árboles de
almendra en las afueras de Le Grand, y nuestros ensayos que eran cada miércoles
ya se hacían en un cuarto que Homero había habilitado para ese propósito.
Cuando Felipe Galicia se presentó en la cantina nos dijo que quería que primero
lo escucháramos cantar y tocar el Bajosexto. Cuando acudió al siguiente ensayo
bajó de su auto un bajosexto precioso y un amplificador Gibson de muy buena
potencia. Instaló su equipo, afinamos y al tocar la primera canción nos dimos
cuenta que Felipe era el que nos faltaba, quedó “contratado” y así se formó el “Conjunto
Los Vagabundos”, y dicho sea de paso el nombre fue idea mía y bien aceptado por
los demás.
Con
la llegada de Felipe Galicia la asignación de roles cambió y yo me convertí en
bajista y primera voz, Felipe contralto y bajosexto, Homero acordeonista y
tercera voz, y el boxeador amable con su bateria. Yo me compré un bajo igualito
al de Paul McCartney, un ampli especial para bajo y uñas de fieltro. Ya teníamos dos micrófonos
en “T”, uno independiente para cuando Homero hacía la 3era voz y otro para el
acordeón.
Seguimos
tocando en el Old Pioneer pero Greg sabía que no íbamos a durar mucho en su
cantina, y así fué, Johnny el dueño del “Planada bar” que se encontraba
precisamente en el pueblo siguiente (Planada) y que era como 4 veces más grande que el Old Pioneer
y con una pista de baile de muy buen tamaño, nos contrató para tocar en su cantina.
Nos ofreció 40 dólares para cada quien por tocada, más las propinas de la copa,
pero nadamás los viernes y sábados. ¿Qué más se podía pedir?... ganar 80
dólares por hacer lo que nos gustaba. También para ese entonces nos empezaban a
contratar para bodas, quinceaños y bailes.
Debo
agregar que como un gesto de agradecimiento, seguimos tocando en el Old Pioneer
los jueves, pero nomás llevábamos el acordeón y el bajosexto, sin equipo
adicional, y nos servía para ensayar y poner las novedades a consideración de
Greg y los parroquianos. Ya no le quisimos cobrar los 20 dólares aunque el
insistía en hacerlo y en mantener la copa de los tips sobre una mesita. Después
supimos que Greg nos había recomendado con el Johnny para tocar en Planada.
Creo que se dio cuenta que ya necesitábamos más espacio y fue como una especie
de padrino.
Estoy
hablando mas o menos de 1965. El Rock and Roll, Los Beatles y los Rolling
Stones ya hacían de las suyas, ya eran los amos y señores de la voluntad de los
adolescentes, y en Los Vagabundos ya incluíamos algunas canciones en inglés:
Something Stupid, She’s about a mover, Crying time, 96 tears, y en esas
canciones Homero cableaba su acordeón a un ampli y el resultado era formidable.
En la canción de 96 tears yo tocaba la batería y cantaba, Germán tocaba el bajo.
Pero
Los Vagabundos no nadamás tocaban, seguíamos con nuestra vida rutinaria. Homero
y yo trabajábamos en un vivero de enormes proporciones, el Bright’s Nursery, y
hacíamos nuestros pininos injertando plantas de durazno, por contrato, nos
pagaban a un centavo por arbolito injertado. Yo era el injertador y cargaba mi
carcaj en la espalda pero en lugar de flechas eran varitas con brotes de
injerto, le hacía una incisión en cruz a las plantitas, cortaba los brotes de
las varitas en forma de uña y los insertaba en la incisión, valga la
redundancia. Detrás de mí venía Homero con un morralito lleno de tiras de goma
(ligas abiertas) para amarrar el brote, 3 vueltas arriba, tres vueltas abajo. Agarramos
tan buena práctica y velocidad que por quincena yo llegué a ganar mas o menos
750 dólares, Homero un poco menos por ser amarrador, y la verdad era muuucha
lana para mis necesidades. La temporada del injerto duraba algunos 3 meses y
para ese tercer mes yo acumulaba casi todos los cheques, ya que apenas llevaría
gastados algunos 150 dólares del primero. La ganona de todo esto fue mi madre
que le hice llegar en money orders todos esos cheques que se me acumulaban. De
hecho nunca dejé de mandarle dinero a mi querida madre.
El
trabajo del injerto requería de un buen esfuerzo físico porque andabas todo el
día bajo un sol intenso, ratos de rodillas y ratos empinado, y los surcos de plantitas de durazno eran como de aquí hasta ancase la madre… como de 400 metros de largo,
y para ello teníamos que ir bien preparados. Imagínenme parado frente a ustedes,
con pantalón caqui tipo cargo, camisa de manga larga de mezclilla azúl claro, guantes
blancos delgados a los que les mochábamos los dedos, botas tipo roper, sombrero
blanco de algodón, de ala cortita y ondulada, paliacate alrrededor del cuello,
rodilleras de mezclilla gruesa y una corteza de hule que nosotros mismos
confeccionábamos, ya que andábamos de rodillas por mucho tiempo. Completaban mi
ajuar 3 cuchillitos con sus fundas, una piedra de afilar y una correa de piel
para el filo de los cuchillos, así como los peluqueros afilan sus navajas, ah,
y una cantimplora de aluminio forrada de lona. Todo a la cintura, ¡ayjoesú… parecía
un Rambo cualquiera!.
Trabajábamos
desde que amanecía hasta que ya el sol no daba para más, ya que había que
aprovechar la temporada al máximo. Lo bueno es que Homero y yo nos la pasábamos
cantando y ensayando algunas canciones mientras trabajábamos. Al terminar nos
íbamos directito al Old Pioneer a saludar a Greg que nos recibía con sendas
latas de cerveza Hams bien heladas. El trabajo combinado con las tocadas era algo
duro, pero ambas actividades nos dejaban muchas satisfacciones de vida y
monetarias.
De
Planada nos contrataron para un club en la ciudad de Merced que ya era de más renombre,
y ya ahí pues nos pagaban al menos un 50% más y nuestra polularidad iba en
ascenso, pues ya nos contrataban para más bailes en varios pueblos cercanos.
Mientras estuvimos tocando en Merced ocurrieron algunos incidentes y aquí les
platico tres de ellos.
1 Estábamos tocando y entre la
clientela se encontraban en la barra dos muchachas muy guapas, altas, blancas,
con el pelo ondulado muy negro y con unos ojos preciosos azul obscuro. Me di cuenta
de todo esto por lo que sigue. Una de ellas giró su asiento, levantó su copa
dirigiéndose a mí, y me empezó a hacer caras y gestos… o sea, coqueteando. En
el break se acercó conmigo y me dijo que le gustaba, que quería conocerme y me
dijo que me quería invitar una cerveza. Total
estuve con ella platicando en la barra hasta que se acabó el break, y la baby
me dijo que se quería ir conmigo cuando acabáramos de tocar. Volví
para acomodarme el bajo al hombro y en eso se acerca Tony, un buen amigo y me
dice:
-“Victor
ya te vi… ¿Qué tal la baby?”.
-Pues
muy guapa… quiere que la siga viendo, le respondí con pose de Don Juán..
-Oye, ella y su hermana son de raza Cherokee,
pero ponte abusado porque su marido es muy celoso y muy cabrón.
Y
pues anda-vete… en ese momento se acabó el idilio.
2 En otra ocasión se acercó un
fulano y me dijo que quería oir una canción, Cucurrucucú Paloma, y me preguntó
que si me la sabía. Le dije que sí y puso en la copa un billete y me dijo:
-“Ay’tan 20 dólares… quiero oir esa canción 10 veces seguidas.... y más te vale
que me complazcas bato”. Y que me pongo a cantar medio nervioso Cucurrucucú Paloma una vez, y
otra, y otra, y la gente empezaba a molestarse, y un chavo se arrimó para
preguntarme que por que hacía eso, y pues le dije que estaba complaciendo a un
cliente. Y el chavo nos dijo –No, ya estuvo… ya canten otras canciones… y que
se arrima el palomo para defender su solicitud,… y que se arma la bronca… como
en las películas del viejo oeste, todos contra todos, y volaban sillas y
botellas. Nosotros nos escondimos en un cuartito como de triques que estaba
detrás del foro y ahí nos quedamos hasta que oímos que llegó la policía y ya
salimos. Y como dicen los regios… era un reverendo desmadre y afuera en el
estacionamiento los carros con vidrios y antenas quebrados, golpeados. El
dueño nos dijo que no nos preocupáramos, porque iba a meter mucha vigilancia. Y
así lo hizo. El palomo ya no se volvió a parar en el bar.
3 Un día nos contrataron para
tocar en un pueblo al norte de San Francisco o Frisco como le dicen por allá. Recuerdo que en esa ocasión llegamos al
Ballroom del pueblo y se nos hizo raro no ver movimiento. Descargamos nuestro
equipo, instalamos, afinamos, y nada que llegaba la gente… bueno, los
encargados del ballroom nos preguntaron que hacíamos ahí. Les mostramos el
contrato y nos dijeron que desconocían de ese baile pero que el contrato era bueno.
Como muestra de nuestra presencia tocamos 3 canciones, los encargados del salón
firmaron de testigos y nos retiramos. El cliente nos pagó pero nunca nos dijo
que había sucedido.
A
mitad de camino de regreso nos detuvimos en un salón conocido en la cd. de Modesto,
y como si hubiese sido un milagro, cuando nos vio se le iluminó la cara y nos
pidió de favor que tocáramos porque dos integrantes del grupo que tenía contratado
tuvieron un incidente y no se pudieron presentar, así que salimos al quite. Lo
bueno es que tocamos con el equipo y batería del otro grupo, y solo bajamos nuestros
instrumentos. Bueno, esa ocasión cobramos doble, lo del baile cancelado y lo de
esa tocada.
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Los
Vagabundos ya eran famosillos en una gran parte alrededor de Merced, y debo
presumir que tuvimos la oportunidad de alternar con Los Relámpagos del Norte y en una ocasión con El
Palomo y el Gorrión.
Pero
como dicen por ahí: “Nada es para siempre”, un buen día se le atravesó a Homero
una mujer flaca, fea, con huellas de que tuvo mucho acné, pero le robó la
memoria a nuestro acordeonista, y fue tan fuerte ese “enamoramiento” que la
mujer ya lo controlaba y no lo dejaba ir ni a los ensayos, y hasta Homero se
divorció de su mujer mil veces más bonita. En la última tocada prácticamente
tuvimos que sacarlo de la cama y después de eso decidimos dejar descansar a Los
Vagabundos, ya que no tuvimos respuesta de Homero.
Sentimos
que fue culpa de esa mujer que se le metió como el diablo a nuestro amigo, ya
que cuando queríamos hablar con él siempre se burlaba y nos decía que Homera
haría lo que ella le pidiera… que nos olvidáramos de él. Quedamos tan dolidos
con Homero que ya ni nos dieron ganas de buscar a otro acordeonista.
Me
regresé a Monterrey a continuar mis estudios siguiendo la recomendación de mi
gran amigo Juan Antonio (+), y entré a estudiar lo de sistemas en el ITESM, carrera
que después me dio muchas satisfacciones. Un año después volví a California y mi amigo Tony me dijo que
Homero seguía con el conjunto, pero con otros integrantes, y que ya no estaba
con aquella mujer fea. Los fui a ver tocar
en un bar y Homero me invitó a cantar una canción con él, nos despedimos y no nos volvimos a ver por muchos años. Los Vagabundos con Homero Zepeda, Victor Morales, Germán
Lira y Felipe Galicia, pasaron a ser un bonito recuerdo de mi estadía en
California, y no se, podría decir que gracias a la tontería de Homero mi vida
dio un giro de 360°, circunstancia que me permitió terminar mi carrera de
ingenieria, tener un buen trabajo y casarme con quien hoy sigue siendo mi amada
esposa y a quien le doy gracias por ser una gran mujer, incansable luchista, y
por haberme dado 3 hijos y hasta hoy 2 preciosas nietas.
En el
2004 fui a Le Grand y tuve la oportunidad de saludar a Homero, platicamos un
buen rato y nos tomamos algunas fotos. Homero falleció hace como dos años. De
Germán y Felipe ya nunca supe nada… espero que les haya ido bien en la vida.
De
esa época en California hay otra historia algo interesante, que llamaría “La
Mujer de Maximino”, que también tuvo
lugar en el Rose Divine, y que algún día lo presentaré como una anécdota
interesante de un servidor. Claro que con el permiso de la Bo.