domingo, 22 de septiembre de 2013

Rose Divine

ROSE DIVINE

En aquellos años trunqué mis estudios y me fui a la aventura a California, una aventura de 6 años en las que le hice de todo: desde pizcar fresa, mandarina, chabacán, tomate, almendra, uva, de obrero, anduve de montacarguista, de troquero,…  y uno de los episodios más bonitos de esa época  fue cuando circunstancialmente tuve la oportunidad de crear un conjunto de acordeón y bajosexto.

Tenía 19 años y vivía con mis queridos tíos Lupe e Isidro, y mis primos Irma y Juán, en un pueblito que se llama Le Grand, como a 45 minutos al norte de Fresno, en una pequeña vecindad que yo llamé “Rose Divine”. Era una vecindad en forma de “U” con 3 casitas en cada lado, las casitas de los extremos eran las mas grandes, las demás eran de 2 aguas como de 4 x 3, con servicios sanitarios comunes al fondo.

Cada tarde después de llegar de mi trabajo en el fil (por la pronunciación de campo en inglés) me daba una buena ducha y mi tía Lupe ya tenía lista la cena en la que nunca fallaban las tortillas de harina y el cafecito. Después de la cena tomaba mi guitarra y me salía al frente de Rose Divine y en una banca medio maltrecha me sentaba y empezaba a rasgarle a la guitarra, tratando de sacarle alguna melodía, pero la verdad aún no era muy bueno para eso.

En una ocasión que estaba con mi guitarra pasó un individuo en un Chevrolet  1957 que por cierto es uno de los autos clásicos más atractivos. De rato volvió a pasar y el fulano volteaba  hacia donde estaba yo con mi guitarra. A la tercera vez ya se detuvo, se bajó del auto y se dirigió hacia mi. El cuate este era bajito de estatura, aguerado y con ojos medio verdosos, con un peinado a la Ritchie Valenz.

-“Buenas… oye disculpa, es que te he visto que estás aquí con la guitarra y pues quería preguntarte que tan bueno eres para tocar… ah, disculpa, me llamo Homero Zepeda y vivo aquí atrás del vecindario”.
-“Que tal Homero… yo me llamo Víctor “, y nos dimos un estrechón de manos.
-“Pués la verdad  nomas algunas pisadas, algunas canciones, pero no es gran cosa”, le dije.
-“Bueno, es que yo estoy aprendiendo a tocar el acordeón… ¿Cómo ves si nos juntamos a ver  que nos sale?... yo me sé algunas pisadas de bajosexto en la guitarra y te las podría enseñar”.
-“Pues por que no…  tu dices en donde te busco.

Homero me dio señales para llegar a su casa en otra vecindad y quedamos para vernos ahí todos los días como a las 7 pm.  Al siguiente día fui a buscar a Homero a su vecindad, que me gustó porque tenía varios árboles grandes al centro y eso como que lo hacía más fresco que Rose Divine. Ya tenía dos sillas dispuestas y una buena jarra de limonada. Me presentó a su esposa que era una mujer de tez morena, también bajita, muy atenta y con ojos de un color verde yerbabuena. Bueno, el color de ojos de Homero y los de su esposa hicieron una buena combinación que por lo pronto heredaron a sus dos pequeñitas. Empezamos la práctica y Homero me comento que al acordeón ya le sacaba algunas canciones. Me enseñó los pases de bajosexto y empezó a sacarle chispas a su acordeón de botones,.. de dos hileras.

Como a la semana ya nos salían bien algunas canciones y como a las dos semanas Homero me dijo: -“Mañana me voy a hacer de una de tres hileras porque ya me hace falta esa tercera hilera”.  Por alguna extraña razón los acordeonistas de ayer y de hoy se refieren al acordeón en femenino, como si al tocar estuviesen acariciando a una bella mujer.

Al día siguiente que llegué a la práctica ya estaba Homero con una sonrisa de oreja a oreja, presumiendo su acordeón nuevo, un Hohner negro de 3 hileras de botones. Y a partir de entonces empezamos a  acumular en nuestro repertorio un buen número de canciones rancheras, boleros, polkas, huapangos y una que otra en inglés. Ya entrados en gastos, al siguiente sábado yo me fui a comprar una guitarra eléctrica y un amplificador Fender  medianito, ah, y un micrófono. Y pues ya se imaginarán… empezamos a hacer más ruido.

Alguien le comentó a Mr. Greg, dueño de la cantina Old Pioneer de nosotros, nos buscó y estuvo un rato escuchándonos, Greg era gringo pero a su cantina iban casi puros “chicanos” (mexicanos) y eso lo obligó a aprender algo de español , luego nos preguntó que si queríamos tocar en la cantina los jueves, viernes y sábados, que él nos daría veinte dólares por tocada, más lo que pusieran los parroquianos en una copa por las canciones que nos pidieran. Nos quedamos viendo Homero y yo  y luego él dijo –“¿Cómo ves?”, y yo le respondí que sí, que qué podíamos perder.

Muchos chicanos eramos clientes del Old Pioneer y sobre todo porque como se trabajaba en el fil y por esos lugares el calorón es una constante, entonces lo teníamos que mitigar con unas cervezas “Hams”. En la radiola de la cantina el 80% de las canciones eran de “conjunto” (acordeón), algunos boleros y el restito en inglés, recuerdo que había de Frank Sinatra, Bobby Darin y Neil Sedaka.

Al día siguiente ya era viernes y para las 8 de la noche ya nos estabamos instalando en el estradito en el rincón de la cantina. Greg puso una copa grande de cristal sobre el ampli y nos dijo -“It’s for the tips” (para las propinas).

Le Grand era (y sigue siendo) un pueblo muy pequeño, casi puros hispano-mexicanos, mucho sembradío principalmente de tomate y almendra, y nomas había “uno” de cada cosa… una iglesia, una cantina, una gasolinera, una tienda, una cafetería , una placita,… El Old Pioneer era una cantinita de ladrillo, un rectángulo, muy bien cuidada. Tenía una barra de madera bien tallada color café obscuro a la izquierda y como de 6 metros de largo, del lado derecho como 5 o 6 mesas con 4 sillas cada una y al final el estrado o rincón en donde debutaríamos Homero y yo.

Mientras los parroquianos empezaban a llegar, hicimos la lista de canciones que podríamos tocar. De rato llegaron los primeros clientes y nos vieron con cara de “¿y estos?”, saludaron y se sentaron. Luego llegaron más clientes y ya cuando eran algunos ocho el dueño de la cantina nos hizo una señal, indicándonos que ya podíamos empezar a hacer ruido.  Las canciones que más gustaban en ese entonces eran de Los Relámpagos, de Rubén Vela, de Gilberto Pérez, de Tony de la Rosa, y empezamos con una polka de Gilberto Pérez. La terminamos y yo creo que nos fue bién porque aplaudieron. Homero y yo nos vimos como pensando lo mismo… “parece que les gustó”.  Y como que se rompió el hielo y se nos quitaron los nervios, y seguimos cantando y tocando ya más sueltos, y los clientes pidieron canciones y con cada petición ponían en la copa 1 ó 2 dólares por cada canción solicitada. Total, ese día fue nuestro debut ante el público, nos fue muy bien y salimos con los 20 dólares más 16 de las propinas. Esa pizca estuvo buena.

Como a las dos semanas entró al Old Pioneer un chavo alto, delgado, con cara de boxeador amable, y se sentó en la barra. Cuando hicimos el “break” se levantó y nos fue a felicitar.

-“Oigan… tocan muy bien… los felicito… eh, como ven si, es que pues yo tengo una tambora y la se tocar, y se que no tienen a nadie que toque la tambora. ¿Cómo ven si me dan chanza de tocar con ustedes?”.

Le dije a Homero –“¿Cómo ves?... yo creo que nos hace falta eso”, y mi compañero asintió y le dimos la bienvenida al boxeador amable que se presentó como German Lira.  Debo decir que el término “batería” no lo usan por allá, entonces tocan los tambores  (drums).

Para el mes de estar tocando en el Old Pioneer  ya teníamos dos micrófonos, dos amplis (uno para las voces y otro para mi guitarra), acordeón y batería. Obvio decir que ya hacíamos buen ruido. La verdad Germán resultó ser un excelente tamborero (drummer) y mejor amigo. Quiero agregar que todos andábamos en la misma edad, más menos 20 años. También supimos que Germán acostumbraba a ir un gimnasio a practicar el box… vaya coincidencia.

Seguimos tocando en el Old Pioneer y disfrutando de nuestra suerte porque estábamos haciendo lo que nos gustaba, hasta que alguién nos mandó a un recomendado que se presentó como Felipe Galicia y quien resultó ser un buenazo para el bajosexto y además tenía una voz preciosa para alcanzar los contraltos.

Para ese entonces Homero ya se había cambiado a una casa en medio de árboles de almendra en las afueras de Le Grand, y nuestros ensayos que eran cada miércoles ya se hacían en un cuarto que Homero había habilitado para ese propósito. Cuando Felipe Galicia se presentó en la cantina nos dijo que quería que primero lo escucháramos cantar y tocar el Bajosexto. Cuando acudió al siguiente ensayo bajó de su auto un bajosexto precioso y un amplificador Gibson de muy buena potencia. Instaló su equipo, afinamos y al tocar la primera canción nos dimos cuenta que Felipe era el que nos faltaba, quedó “contratado” y así se formó el “Conjunto Los Vagabundos”, y dicho sea de paso el nombre fue idea mía y bien aceptado por los demás.

Con la llegada de Felipe Galicia la asignación de roles cambió y yo me convertí en bajista y primera voz, Felipe contralto y bajosexto, Homero acordeonista y tercera voz, y el boxeador amable con su bateria. Yo me compré un bajo igualito al de Paul McCartney, un ampli especial para bajo  y uñas de fieltro. Ya teníamos dos micrófonos en “T”, uno independiente para cuando Homero hacía la 3era voz y otro para el acordeón.

Seguimos tocando en el Old Pioneer pero Greg sabía que no íbamos a durar mucho en su cantina, y así fué, Johnny el dueño del “Planada bar” que se encontraba precisamente en el pueblo siguiente (Planada) y que  era como 4 veces más grande que el Old Pioneer y con una pista de baile de muy buen tamaño, nos contrató para tocar en su cantina. Nos ofreció 40 dólares para cada quien por tocada, más las propinas de la copa, pero nadamás los viernes y sábados. ¿Qué más se podía pedir?... ganar 80 dólares por hacer lo que nos gustaba. También para ese entonces nos empezaban a contratar para bodas, quinceaños y bailes.

Debo agregar que como un gesto de agradecimiento, seguimos tocando en el Old Pioneer los jueves, pero nomás llevábamos el acordeón y el bajosexto, sin equipo adicional, y nos servía para ensayar y poner las novedades a consideración de Greg y los parroquianos. Ya no le quisimos cobrar los 20 dólares aunque el insistía en hacerlo y en mantener la copa de los tips sobre una mesita. Después supimos que Greg nos había recomendado con el Johnny para tocar en Planada. Creo que se dio cuenta que ya necesitábamos más espacio y fue como una especie de padrino.

Estoy hablando mas o menos de 1965. El Rock and Roll, Los Beatles y los Rolling Stones ya hacían de las suyas, ya eran los amos y señores de la voluntad de los adolescentes, y en Los Vagabundos ya incluíamos algunas canciones en inglés: Something Stupid, She’s about a mover, Crying time, 96 tears, y en esas canciones Homero cableaba su acordeón a un ampli y el resultado era formidable. En la canción de 96 tears yo tocaba la batería y cantaba, Germán tocaba el bajo.

Pero Los Vagabundos no nadamás tocaban, seguíamos con nuestra vida rutinaria. Homero y yo trabajábamos en un vivero de enormes proporciones, el Bright’s Nursery, y hacíamos nuestros pininos injertando plantas de durazno, por contrato, nos pagaban a un centavo por arbolito injertado. Yo era el injertador y cargaba mi carcaj en la espalda pero en lugar de flechas eran varitas con brotes de injerto, le hacía una incisión en cruz a las plantitas, cortaba los brotes de las varitas en forma de uña y los insertaba en la incisión, valga la redundancia. Detrás de mí venía Homero con un morralito lleno de tiras de goma (ligas abiertas) para amarrar el brote, 3 vueltas arriba, tres vueltas abajo. Agarramos tan buena práctica y velocidad que por quincena yo llegué a ganar mas o menos 750 dólares, Homero un poco menos por ser amarrador, y la verdad era muuucha lana para mis necesidades. La temporada del injerto duraba algunos 3 meses y para ese tercer mes yo acumulaba casi todos los cheques, ya que apenas llevaría gastados algunos 150 dólares del primero. La ganona de todo esto fue mi madre que le hice llegar en money orders todos esos cheques que se me acumulaban. De hecho nunca dejé de mandarle dinero a mi querida madre.

El trabajo del injerto requería de un buen esfuerzo físico porque andabas todo el día bajo un sol intenso, ratos de rodillas y ratos empinado, y los surcos de plantitas de durazno eran como de aquí hasta ancase la madre… como de 400 metros de largo, y para ello teníamos que ir bien preparados. Imagínenme parado frente a ustedes, con pantalón caqui tipo cargo, camisa de manga larga de mezclilla azúl claro, guantes blancos delgados a los que les mochábamos los dedos, botas tipo roper, sombrero blanco de algodón, de ala cortita y ondulada, paliacate alrrededor del cuello, rodilleras de mezclilla gruesa y una corteza de hule que nosotros mismos confeccionábamos, ya que andábamos de rodillas por mucho tiempo. Completaban mi ajuar 3 cuchillitos con sus fundas, una piedra de afilar y una correa de piel para el filo de los cuchillos, así como los peluqueros afilan sus navajas, ah, y una cantimplora de aluminio forrada de lona. Todo a la cintura, ¡ayjoesú… parecía un Rambo cualquiera!.

Trabajábamos desde que amanecía hasta que ya el sol no daba para más, ya que había que aprovechar la temporada al máximo. Lo bueno es que Homero y yo nos la pasábamos cantando y ensayando algunas canciones mientras trabajábamos. Al terminar nos íbamos directito al Old Pioneer a saludar a Greg que nos recibía con sendas latas de cerveza Hams bien heladas. El trabajo combinado con las tocadas era algo duro, pero ambas actividades nos dejaban muchas satisfacciones de vida y monetarias.

De Planada nos contrataron para un club en la ciudad de Merced que ya era de más renombre, y ya ahí pues nos pagaban al menos un 50% más y nuestra polularidad iba en ascenso, pues ya nos contrataban para más bailes en varios pueblos cercanos. Mientras estuvimos tocando en Merced ocurrieron algunos incidentes y aquí les platico tres de ellos.

1 Estábamos tocando y entre la clientela se encontraban en la barra dos muchachas muy guapas, altas, blancas, con el pelo ondulado muy negro y con unos ojos preciosos azul obscuro. Me di cuenta de todo esto por lo que sigue. Una de ellas giró su asiento, levantó su copa dirigiéndose a mí, y me empezó a hacer caras y gestos… o sea, coqueteando. En el break se acercó conmigo y me dijo que le gustaba, que quería conocerme y me dijo que me quería invitar una cerveza.  Total estuve con ella platicando en la barra hasta que se acabó el break, y la baby me dijo que se quería ir conmigo cuando acabáramos de tocar. Volví para acomodarme el bajo al hombro y en eso se acerca Tony, un buen amigo y me dice:

-“Victor ya te vi… ¿Qué tal la baby?”.
-Pues muy guapa… quiere que la siga viendo, le respondí con pose de Don Juán..
 -Oye, ella y su hermana son de raza Cherokee, pero ponte abusado porque su marido es muy celoso y muy cabrón. 
Y pues anda-vete… en ese momento se acabó el idilio.

2 En otra ocasión se acercó un fulano y me dijo que quería oir una canción, Cucurrucucú Paloma, y me preguntó que si me la sabía. Le dije que sí y puso en la copa un billete y me dijo: -“Ay’tan 20 dólares… quiero oir esa canción 10 veces seguidas.... y más te vale que me complazcas bato”. Y que me pongo a cantar medio nervioso Cucurrucucú Paloma una vez, y otra, y otra, y la gente empezaba a molestarse, y un chavo se arrimó para preguntarme que por que hacía eso, y pues le dije que estaba complaciendo a un cliente. Y el chavo nos dijo –No, ya estuvo… ya canten otras canciones… y que se arrima el palomo para defender su solicitud,… y que se arma la bronca… como en las películas del viejo oeste, todos contra todos, y volaban sillas y botellas. Nosotros nos escondimos en un cuartito como de triques que estaba detrás del foro y ahí nos quedamos hasta que oímos que llegó la policía y ya salimos. Y como dicen los regios… era un reverendo desmadre y afuera en el estacionamiento los carros con vidrios y antenas quebrados, golpeados. El dueño nos dijo que no nos preocupáramos, porque iba a meter mucha vigilancia. Y así lo hizo. El palomo ya no se volvió a parar en el bar.

3 Un día nos contrataron para tocar en un pueblo al norte de San Francisco o Frisco como le dicen por allá.  Recuerdo que en esa ocasión llegamos al Ballroom del pueblo y se nos hizo raro no ver movimiento. Descargamos nuestro equipo, instalamos, afinamos, y nada que llegaba la gente… bueno, los encargados del ballroom nos preguntaron que hacíamos ahí. Les mostramos el contrato y nos dijeron que desconocían de ese baile pero que el contrato era bueno. Como muestra de nuestra presencia tocamos 3 canciones, los encargados del salón firmaron de testigos y nos retiramos. El cliente nos pagó pero nunca nos dijo que había sucedido.

A mitad de camino de regreso nos detuvimos en un salón conocido en la cd. de Modesto, y como si hubiese sido un milagro, cuando nos vio se le iluminó la cara y nos pidió de favor que tocáramos porque dos integrantes del grupo que tenía contratado tuvieron un incidente y no se pudieron presentar, así que salimos al quite. Lo bueno es que tocamos con el equipo y batería del otro grupo, y solo bajamos nuestros instrumentos. Bueno, esa ocasión cobramos doble, lo del baile cancelado y lo de esa tocada.
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Los Vagabundos ya eran famosillos en una gran parte alrededor de Merced, y debo presumir que tuvimos la oportunidad de alternar con Los Relámpagos del Norte y en una ocasión con El Palomo y el Gorrión.

Pero como dicen por ahí: “Nada es para siempre”, un buen día se le atravesó a Homero una mujer flaca, fea, con huellas de que tuvo mucho acné, pero le robó la memoria a nuestro acordeonista, y fue tan fuerte ese “enamoramiento” que la mujer ya lo controlaba y no lo dejaba ir ni a los ensayos, y hasta Homero se divorció de su mujer mil veces más bonita. En la última tocada prácticamente tuvimos que sacarlo de la cama y después de eso decidimos dejar descansar a Los Vagabundos, ya que no tuvimos respuesta de Homero.

Sentimos que fue culpa de esa mujer que se le metió como el diablo a nuestro amigo, ya que cuando queríamos hablar con él siempre se burlaba y nos decía que Homera haría lo que ella le pidiera… que nos olvidáramos de él. Quedamos tan dolidos con Homero que ya ni nos dieron ganas de buscar a otro acordeonista.

Me regresé a Monterrey a continuar mis estudios siguiendo la recomendación de mi gran amigo Juan Antonio (+), y entré a estudiar lo de sistemas en el ITESM, carrera que después me dio muchas satisfacciones. Un año después volví  a California y mi amigo Tony me dijo que Homero seguía con el conjunto, pero con otros integrantes, y que ya no estaba con aquella mujer fea.  Los fui a ver tocar en un bar y Homero me invitó a cantar una canción con él, nos despedimos y no nos volvimos a ver por muchos años. Los Vagabundos con Homero Zepeda, Victor Morales, Germán Lira y Felipe Galicia, pasaron a ser un bonito recuerdo de mi estadía en California, y no se, podría decir que gracias a la tontería de Homero mi vida dio un giro de 360°, circunstancia que me permitió terminar mi carrera de ingenieria, tener un buen trabajo y casarme con quien hoy sigue siendo mi amada esposa y a quien le doy gracias por ser una gran mujer, incansable luchista, y por haberme dado 3 hijos y hasta hoy 2 preciosas nietas.

En el 2004 fui a Le Grand y tuve la oportunidad de saludar a Homero, platicamos un buen rato y nos tomamos algunas fotos. Homero falleció hace como dos años. De Germán y Felipe ya nunca supe nada… espero que les haya ido bien en la vida.


De esa época en California hay otra historia algo interesante, que llamaría “La Mujer de Maximino”, que también  tuvo lugar en el Rose Divine, y que algún día lo presentaré como una anécdota interesante de un servidor. Claro que con el permiso de la Bo.