sábado, 27 de junio de 2015

La Aventura

La Aventura

Hace ya bastantitos  años, Lauro mi hoy compadre, me invitó a acompañarlo a un lugar que según recuerdo le llamaba “La Estación”, allá rumbo a Concha del Oro en Zacatecas.  El y su esposa iban con alguna frecuencia a comprar quesos a ese lugar.

Accedí y salimos un domingo poco antes de medio dia en el vocho amarillo de Lauro, con nuestras esposas Martha y Rosalinda, y nuestro primogénito Adrián que en ese tiempo tendría algunos 3 meses.

Llegamos a La Estación. Lauro y Martha compraron su mercancía y ya de regreso, como a las 7 p.m. pasamos por un entronque de terracería que llevaba a los poblados de La Ventura y a El Salvador. Ellos lo conocían porque la familia de Martha es de El Salvador, Zac.

- Víctor, vamos a meternos por la terracería a ver si cazamos algo, traigo una pistola y por acá hay bastantes conejos.
- Oye Lauro, pero nos va a agarrar la noche, además ya no traemos alimento para el niño, si acaso nomás para medio biberón y algo de agua.
-No pasa nada… nomás a ver que vemos y ya nos regresamos.

Y pués Lauro se metió al camino de terracería y anduvimos “lampareando” con las luces del carro, pero no vimos nada. Lo que sí es que ese camino tenía muchas piedras flojas y nomás se sentían los trancazos abajo del vocho.  Y se vino la noche, Lauro vio algo y nos bajamos para disparar, y lamento decir que ni él ni yo teníamos buena puntería y menos con una escuadrita 22.

Dejamos al conejo o lo que haya sido por la paz y regresamos al vocho ya con la intención de enfilarnos a Monterrey. La bronca es que el vocho ya no quiso prender, y ahí está Lauro duro y dale con la marcha y nada.

Ya eran como las 9:00 y la verdad perdimos la esperanza de que el fregado carrito respondiera, y como no somos mecánicos ni idea de qué había pasado, además sin lámpara o batería no se apreciaba nada del motor. No nos quedó de otra mas que empujar el vocho al pobladito mas cercano, La Ventura. Martha se puso al volante mientras Lauro y yo dejábamos los pulmones en el camino. De los males el menor era que la terracería era plana y algo firme. Yo creo que llegamos a La Ventura cerca de media noche, bien jobombos, pero al menos a un lugar donde supuestamente había gente viviendo, bueno, había algunas luces y de seguro sus 18 habitantes ya estaban dormidos.

Donde nos detuvimos (puf!!!) había como unas contrucciones rústicas a la derecha, ya derruídas, y a la izquierda se veían algunas luces. Lauro y yo convinimos en caminar hacia el pobladito y dejamos a las muchachas en el vocho hijodesú.

-Martha, vamos a caminar al pueblo a ver si alguien nos ayuda, o a ver que,… te dejo la pistola… nomás por seguridad, dijo Lauro.
-Ustedes vayan porque el niño tiene hambre y está haciendo frío… Rosalinda, tu no te preocupes que al cabo yo se disparar esta madre, por si se ofrece.

Y nos dirigimos al pobladito, sin linterna, sin cerillos, nomás ir tanteando el camino porque era una obscuridad cerrada y casi nomas veíamos lo que pisábamos. Yo creo que del carro a la via del tren que por ahí pasaba, serían algunos 100 metros. Por fin y después de sacarle la vuelta a ciegas a los arbustos, llegamos, y ya parados en la via nos pusimos a buscar alguna casa cercana con la luz prendida. Vimos una y nos encaminamos a ella. Los ladridos de los perros alertaron a las personas y alguien salio a ver “quien anda por ahí”.

Salió un señor con cara de buena gente, lo saludamos y le platicamos lo del carro y lo del niño.

-No oiga, pos ay que decirle a Chemo que les heche la mano. El tiene una troca y pos a ver si le jala, pa que los lleve al Salvador… ahí sí hay quien les ayude con lo del muchachito.

Ya fuimos con Don Juan a buscar a Chemo y afortunadamente sí estaba, y sí podía echarnos la mano. Prendió su troquita, una GMC como 1960 algo destartalada, sin el vidrio del frente y sin redilas. Ya se arrimó a donde estaban las chavas y ahí dejamos el vochingas encargado a la buena de Dios. Las muchachas se acomodaron en la cabina con Chemo y nosotros sentados atrás en el piso de una bastante gastada plataformita. Rosalinda llevaba bien tapado a Adrián porque ya hacía bastante frío,… y nos arrancamos a El Salvador.

Después de una media hora de ir brincoteando al son de la troca ( Lauro y yo parecíamos chiles en aceite), al fin llegamos a El Salvador (nombre muy apropiado) a la casa de los familiares de Martha, que salieron todos adormilados porque ya eran como las 2 de la mañana.

Entramos a la casa y nos prepararon un cafecito que nos supo a gloria, y mientras, buscaron a una mujer que tenía poco de haber dado a luz y le compraron para Adrián una latita de leche. De hecho el guerco nunca se quejó, ni pidió alimento, pero de seguro pronto lo tenía que hacer.

Luego ya nos prepararon donde acostarnos, Lauro y yo en el suelo, Martha, Rosalinda y el guerco en una cama que según dice Rosalinda, se sintió en las nubes y se quedó bien dormida, bien relajada.

Ya en la mañana temprano nos levantamos para almorzar, ya saben, huevitos revueltos con salsa molcajeteada de chile piquín, frijolitos refritos, tortillas de harina integrales hechas con nata y mésmamente el cafecito de olla. Con excepción del café todo era Made in  El Salvador.

Luego del amuerzo un pariente de Martha y un amigo nos llevaron en una pick up a La Ventura a ver lo del mentado vocho. Le checamos el aceite y no traía ni gota. Y pos ahí van de vuelta a El Salvador a traer aceite, que cuando le echamos el primer litro el amigo dice...

-Pérarte, pérate, se le está tirando.

Y el pariente se asomó y rascándose la cabeza dijo…

-La tapa del carter está caída… hay que atornillarla y a ver si no le pasó nada al empaque, y yo me dije: -Ya valió queso.

De alguna forma montamos el méndigo vocho sobre no se qué y el pariente, de su caja de herramientas, sacó los polvos mágicos y se las ingenió para atornillar la susodicha tapa, y luego puso una cara triunfal de “aversi”.

Por lo menos ya no tiró el aceite y ahora faltaba que prendiera el vocho jijo de la jujurria. Le dimos “marcha” en varios intentos y nada, hasta que la batería se descargó.

Y pues otra vez a empujar, pero ya eramos más, 3 burros de fuerza y uno al volante. Hicimos varios intentos p’allá y p’acá y nada, yo creo que como a la media hora se nos veía la cara de “ya valió madre”, pero en eso al inteligente de Víctor se le ocurrió una brillante idea… sí, hacer un último intento. Y que me pongo al volante, y que los burros de fuerza empujan con ganas de aventarme hasta El Salvador,… y que prende el precioso vochito.  

Y “tamañitos” regresamos a El Salvador con el súper vocho, casi como no queriendo pisar
el camino para no hacer enojar a las piedras. Llegamos y de volada nos preparamos para regresar. Dimos las gracias y nos despedimos de los angeles de la guarda, y al pasar por La Aventura también les aventamos las gracias a Chemo y a Don Juán.

Antes de llegar a la carretera, pasamos por una ranchería que estaba como a unos 100 metros de la terracería y dijo Lauro…

-Como ves Víctor… vamos a preguntar a ver si tienen quesos.

Las mujeres pusieron cara de “¿what?”, pero acordamos que nomás irímos Lauro y yo, caminando, y que el vochito bonito se quedara prendido. Nos recibió un señor y afortunadamente sí tenía quesos. Yo le compre dos y Lauro creo que 3 o 4.  Los echamos en la hielera y ahora sí… pa’ Monterrey.

Llegamos como al medio día a nuestra casa en Mitras Centro y ya estaba afuera Don Jesús, esperándonos, enfundado en su camiseta blanca de tirantes, cigarro en mano y con un rictus de encabronamiento. Al salir Rosalinda del vocho prácticamente le arrebató al guerco. Lauro y Martha se despidieron y nos dejaron con la tremenda regañada que nos recetó el suegro.

El vochitito se portó de maravillas.  Los quesos estaban deliciosos.

Ah, pero no se nos quita. Lauro nos invitó otra vez a El Salvador… y aceptamos, y esa podría ser otra historia.