viernes, 10 de enero de 2014

Lupita 1920

Alguien me platicó esta historia y me dijeron que fué verídico.
Se protege el anonimato de los protagonistas.


Lupita y Guajardo -- Letra y música: Victor Morales

En 1920, sucede este fiel relato
Entre la hermosa Lupita y el Licenciado Guajardo.

Guajardo tenía cuarenta y era esposo de Juanita
Cuando hospedan en su casa, a una niña muy bonita.
A los padres de Lupita, se les rompió el corazón
Para poder educarla, se las dan en adopción.

A los trece la Lupita, tenía muy bonito pelo
Una graciosa figura, los ojos color del cielo.
Los mancebos del poblado, ya la estaban asediando
Guajardo los auyentaba, pues se estaba enamorando.

El patrón le dice a Lupe, quiero que seas yegua fina
Si quieres tener de todo, vas a ser mi concubina
A los deseos de Guajardo, ella tuvo que ceder
Y asi que sin esperarlo, de niña pasó a mujer

Desde entonces a Lupita, la trató como princesa
Y pronto su fiel esposa, se le murió de tristeza
A los ochenta Guajardo, murió de complicaciones
Dejándole a la Lupita muchas tierras y doblones.

Siendo una mujer muy bella, no supo de mas amores
Y solo se dedicaba, a administrar sus valores.
Ya siendo una viejecita, se le presentó el destino
Nadie reclamó la herencia, todo se fué como vino.

Pajarillo de la sierra, ve y vuela por el oriente
anuncia que la Lupita, no deja ningun pendiente.

Las Mecedoras

Las Mecedoras

El sol se acerca con lentitud hacia las 18 horas. Es sábado y sobre las banquetas recién regadas empiezan a aparecer las mecedoras de madera azules, las amarillas y de otros colores.

La hora de la siesta le ha cedido espacio a la del rutinario chisme y la charla amena, la merienda con pan de horno, gorditas de azúcar y la pecsi de naranja. Las señoras y las respetables ancianas del pueblo, acomodan las mecedoras en su lugar de siempre y ya sentadas inician un interminable y cadencioso crujir, que deja huellas de historia sobre el concreto.

Los varones de setenta pa’rriba, cronistas “honoris causa” del pueblo y otros un poco más jóvenes, acuden a la placita a la misma hora y a la misma banca, a reunirse con los mismos grupos de amigos. Todos llegan bajo un rústico sombrero blanco de palma y los más avezados portan una cachucha patrocinada por Mr. John Deere. Este día como todos los que pasaron y los que vendrán, alrededor de las bancas abundarán las historias de pueblo y de brechas, de fantasmas, de la vaca que parió, de la revolución, de la gente que se fue, y desde la tienda “La Esperanza” se escucha un radio y las tristes coplas de un “Ingrato Amor” que en las voces de Los Alegres de Terán se hacen aún más tristes.

Por la empedrada calle, Don Evaristo empuja su carrito de paletas y el inconfundible repiqueteo de la campanita anuncia la aproximación de la golosina. Niños y niñas ya le están jalando el delantal a su “amá” o a su “mamá grande”, con la esperanza de que del monedero sustraigan una o dos monedas para asaltar a Don Eva antes de que se le derritan más las paletas.

Por las calles empiezan a circular los chavos en sus pick up’s y como si fuera ritual, van de un extremo a otro del pueblo por la calle principal, siempre con el estereo a todo volúmen, y pasan altivos por el lado de la plaza en donde las muchachas ya están cuchicheando y mirando de reojo a los mancebos y más a los que vienen de la ciudad a pasar el fin de semana. 

La bulliciosa plaza está siendo tomada por la juventud mientras los viejos preparan la posdata. Las mecedoras han cumplido su misión de ser fieles confidentes de las señoras y vuelven al fresco interior, a resguardarse entre las gruesas paredes de adobe, los techos altos con sus vigas de madera y el piso de cemento pulido con olor a petroleo.

Se está acercando la hora del huevito guisado con harta salsa y frijoles en bola. El café de olla suelta su aromático bienestar y las tortillas de harina amenizarán la sagrada reunión familiar.

Una hora después, los abanicos de pedestal traídos del otro lado, inician su adormecedor zumbido y el ininterrumpido canto de los grillos es la señal para descansar del ajetreo del día. Mañana es domingo y hay que levantarse temprano pa’ ir a misa.

Ing. Víctor M. Morales Ortíz