sábado, 27 de junio de 2015

La Aventura

La Aventura

Hace ya bastantitos  años, Lauro mi hoy compadre, me invitó a acompañarlo a un lugar que según recuerdo le llamaba “La Estación”, allá rumbo a Concha del Oro en Zacatecas.  El y su esposa iban con alguna frecuencia a comprar quesos a ese lugar.

Accedí y salimos un domingo poco antes de medio dia en el vocho amarillo de Lauro, con nuestras esposas Martha y Rosalinda, y nuestro primogénito Adrián que en ese tiempo tendría algunos 3 meses.

Llegamos a La Estación. Lauro y Martha compraron su mercancía y ya de regreso, como a las 7 p.m. pasamos por un entronque de terracería que llevaba a los poblados de La Ventura y a El Salvador. Ellos lo conocían porque la familia de Martha es de El Salvador, Zac.

- Víctor, vamos a meternos por la terracería a ver si cazamos algo, traigo una pistola y por acá hay bastantes conejos.
- Oye Lauro, pero nos va a agarrar la noche, además ya no traemos alimento para el niño, si acaso nomás para medio biberón y algo de agua.
-No pasa nada… nomás a ver que vemos y ya nos regresamos.

Y pués Lauro se metió al camino de terracería y anduvimos “lampareando” con las luces del carro, pero no vimos nada. Lo que sí es que ese camino tenía muchas piedras flojas y nomás se sentían los trancazos abajo del vocho.  Y se vino la noche, Lauro vio algo y nos bajamos para disparar, y lamento decir que ni él ni yo teníamos buena puntería y menos con una escuadrita 22.

Dejamos al conejo o lo que haya sido por la paz y regresamos al vocho ya con la intención de enfilarnos a Monterrey. La bronca es que el vocho ya no quiso prender, y ahí está Lauro duro y dale con la marcha y nada.

Ya eran como las 9:00 y la verdad perdimos la esperanza de que el fregado carrito respondiera, y como no somos mecánicos ni idea de qué había pasado, además sin lámpara o batería no se apreciaba nada del motor. No nos quedó de otra mas que empujar el vocho al pobladito mas cercano, La Ventura. Martha se puso al volante mientras Lauro y yo dejábamos los pulmones en el camino. De los males el menor era que la terracería era plana y algo firme. Yo creo que llegamos a La Ventura cerca de media noche, bien jobombos, pero al menos a un lugar donde supuestamente había gente viviendo, bueno, había algunas luces y de seguro sus 18 habitantes ya estaban dormidos.

Donde nos detuvimos (puf!!!) había como unas contrucciones rústicas a la derecha, ya derruídas, y a la izquierda se veían algunas luces. Lauro y yo convinimos en caminar hacia el pobladito y dejamos a las muchachas en el vocho hijodesú.

-Martha, vamos a caminar al pueblo a ver si alguien nos ayuda, o a ver que,… te dejo la pistola… nomás por seguridad, dijo Lauro.
-Ustedes vayan porque el niño tiene hambre y está haciendo frío… Rosalinda, tu no te preocupes que al cabo yo se disparar esta madre, por si se ofrece.

Y nos dirigimos al pobladito, sin linterna, sin cerillos, nomás ir tanteando el camino porque era una obscuridad cerrada y casi nomas veíamos lo que pisábamos. Yo creo que del carro a la via del tren que por ahí pasaba, serían algunos 100 metros. Por fin y después de sacarle la vuelta a ciegas a los arbustos, llegamos, y ya parados en la via nos pusimos a buscar alguna casa cercana con la luz prendida. Vimos una y nos encaminamos a ella. Los ladridos de los perros alertaron a las personas y alguien salio a ver “quien anda por ahí”.

Salió un señor con cara de buena gente, lo saludamos y le platicamos lo del carro y lo del niño.

-No oiga, pos ay que decirle a Chemo que les heche la mano. El tiene una troca y pos a ver si le jala, pa que los lleve al Salvador… ahí sí hay quien les ayude con lo del muchachito.

Ya fuimos con Don Juan a buscar a Chemo y afortunadamente sí estaba, y sí podía echarnos la mano. Prendió su troquita, una GMC como 1960 algo destartalada, sin el vidrio del frente y sin redilas. Ya se arrimó a donde estaban las chavas y ahí dejamos el vochingas encargado a la buena de Dios. Las muchachas se acomodaron en la cabina con Chemo y nosotros sentados atrás en el piso de una bastante gastada plataformita. Rosalinda llevaba bien tapado a Adrián porque ya hacía bastante frío,… y nos arrancamos a El Salvador.

Después de una media hora de ir brincoteando al son de la troca ( Lauro y yo parecíamos chiles en aceite), al fin llegamos a El Salvador (nombre muy apropiado) a la casa de los familiares de Martha, que salieron todos adormilados porque ya eran como las 2 de la mañana.

Entramos a la casa y nos prepararon un cafecito que nos supo a gloria, y mientras, buscaron a una mujer que tenía poco de haber dado a luz y le compraron para Adrián una latita de leche. De hecho el guerco nunca se quejó, ni pidió alimento, pero de seguro pronto lo tenía que hacer.

Luego ya nos prepararon donde acostarnos, Lauro y yo en el suelo, Martha, Rosalinda y el guerco en una cama que según dice Rosalinda, se sintió en las nubes y se quedó bien dormida, bien relajada.

Ya en la mañana temprano nos levantamos para almorzar, ya saben, huevitos revueltos con salsa molcajeteada de chile piquín, frijolitos refritos, tortillas de harina integrales hechas con nata y mésmamente el cafecito de olla. Con excepción del café todo era Made in  El Salvador.

Luego del amuerzo un pariente de Martha y un amigo nos llevaron en una pick up a La Ventura a ver lo del mentado vocho. Le checamos el aceite y no traía ni gota. Y pos ahí van de vuelta a El Salvador a traer aceite, que cuando le echamos el primer litro el amigo dice...

-Pérarte, pérate, se le está tirando.

Y el pariente se asomó y rascándose la cabeza dijo…

-La tapa del carter está caída… hay que atornillarla y a ver si no le pasó nada al empaque, y yo me dije: -Ya valió queso.

De alguna forma montamos el méndigo vocho sobre no se qué y el pariente, de su caja de herramientas, sacó los polvos mágicos y se las ingenió para atornillar la susodicha tapa, y luego puso una cara triunfal de “aversi”.

Por lo menos ya no tiró el aceite y ahora faltaba que prendiera el vocho jijo de la jujurria. Le dimos “marcha” en varios intentos y nada, hasta que la batería se descargó.

Y pues otra vez a empujar, pero ya eramos más, 3 burros de fuerza y uno al volante. Hicimos varios intentos p’allá y p’acá y nada, yo creo que como a la media hora se nos veía la cara de “ya valió madre”, pero en eso al inteligente de Víctor se le ocurrió una brillante idea… sí, hacer un último intento. Y que me pongo al volante, y que los burros de fuerza empujan con ganas de aventarme hasta El Salvador,… y que prende el precioso vochito.  

Y “tamañitos” regresamos a El Salvador con el súper vocho, casi como no queriendo pisar
el camino para no hacer enojar a las piedras. Llegamos y de volada nos preparamos para regresar. Dimos las gracias y nos despedimos de los angeles de la guarda, y al pasar por La Aventura también les aventamos las gracias a Chemo y a Don Juán.

Antes de llegar a la carretera, pasamos por una ranchería que estaba como a unos 100 metros de la terracería y dijo Lauro…

-Como ves Víctor… vamos a preguntar a ver si tienen quesos.

Las mujeres pusieron cara de “¿what?”, pero acordamos que nomás irímos Lauro y yo, caminando, y que el vochito bonito se quedara prendido. Nos recibió un señor y afortunadamente sí tenía quesos. Yo le compre dos y Lauro creo que 3 o 4.  Los echamos en la hielera y ahora sí… pa’ Monterrey.

Llegamos como al medio día a nuestra casa en Mitras Centro y ya estaba afuera Don Jesús, esperándonos, enfundado en su camiseta blanca de tirantes, cigarro en mano y con un rictus de encabronamiento. Al salir Rosalinda del vocho prácticamente le arrebató al guerco. Lauro y Martha se despidieron y nos dejaron con la tremenda regañada que nos recetó el suegro.

El vochitito se portó de maravillas.  Los quesos estaban deliciosos.

Ah, pero no se nos quita. Lauro nos invitó otra vez a El Salvador… y aceptamos, y esa podría ser otra historia.








   





viernes, 10 de enero de 2014

Lupita 1920

Alguien me platicó esta historia y me dijeron que fué verídico.
Se protege el anonimato de los protagonistas.


Lupita y Guajardo -- Letra y música: Victor Morales

En 1920, sucede este fiel relato
Entre la hermosa Lupita y el Licenciado Guajardo.

Guajardo tenía cuarenta y era esposo de Juanita
Cuando hospedan en su casa, a una niña muy bonita.
A los padres de Lupita, se les rompió el corazón
Para poder educarla, se las dan en adopción.

A los trece la Lupita, tenía muy bonito pelo
Una graciosa figura, los ojos color del cielo.
Los mancebos del poblado, ya la estaban asediando
Guajardo los auyentaba, pues se estaba enamorando.

El patrón le dice a Lupe, quiero que seas yegua fina
Si quieres tener de todo, vas a ser mi concubina
A los deseos de Guajardo, ella tuvo que ceder
Y asi que sin esperarlo, de niña pasó a mujer

Desde entonces a Lupita, la trató como princesa
Y pronto su fiel esposa, se le murió de tristeza
A los ochenta Guajardo, murió de complicaciones
Dejándole a la Lupita muchas tierras y doblones.

Siendo una mujer muy bella, no supo de mas amores
Y solo se dedicaba, a administrar sus valores.
Ya siendo una viejecita, se le presentó el destino
Nadie reclamó la herencia, todo se fué como vino.

Pajarillo de la sierra, ve y vuela por el oriente
anuncia que la Lupita, no deja ningun pendiente.

Las Mecedoras

Las Mecedoras

El sol se acerca con lentitud hacia las 18 horas. Es sábado y sobre las banquetas recién regadas empiezan a aparecer las mecedoras de madera azules, las amarillas y de otros colores.

La hora de la siesta le ha cedido espacio a la del rutinario chisme y la charla amena, la merienda con pan de horno, gorditas de azúcar y la pecsi de naranja. Las señoras y las respetables ancianas del pueblo, acomodan las mecedoras en su lugar de siempre y ya sentadas inician un interminable y cadencioso crujir, que deja huellas de historia sobre el concreto.

Los varones de setenta pa’rriba, cronistas “honoris causa” del pueblo y otros un poco más jóvenes, acuden a la placita a la misma hora y a la misma banca, a reunirse con los mismos grupos de amigos. Todos llegan bajo un rústico sombrero blanco de palma y los más avezados portan una cachucha patrocinada por Mr. John Deere. Este día como todos los que pasaron y los que vendrán, alrededor de las bancas abundarán las historias de pueblo y de brechas, de fantasmas, de la vaca que parió, de la revolución, de la gente que se fue, y desde la tienda “La Esperanza” se escucha un radio y las tristes coplas de un “Ingrato Amor” que en las voces de Los Alegres de Terán se hacen aún más tristes.

Por la empedrada calle, Don Evaristo empuja su carrito de paletas y el inconfundible repiqueteo de la campanita anuncia la aproximación de la golosina. Niños y niñas ya le están jalando el delantal a su “amá” o a su “mamá grande”, con la esperanza de que del monedero sustraigan una o dos monedas para asaltar a Don Eva antes de que se le derritan más las paletas.

Por las calles empiezan a circular los chavos en sus pick up’s y como si fuera ritual, van de un extremo a otro del pueblo por la calle principal, siempre con el estereo a todo volúmen, y pasan altivos por el lado de la plaza en donde las muchachas ya están cuchicheando y mirando de reojo a los mancebos y más a los que vienen de la ciudad a pasar el fin de semana. 

La bulliciosa plaza está siendo tomada por la juventud mientras los viejos preparan la posdata. Las mecedoras han cumplido su misión de ser fieles confidentes de las señoras y vuelven al fresco interior, a resguardarse entre las gruesas paredes de adobe, los techos altos con sus vigas de madera y el piso de cemento pulido con olor a petroleo.

Se está acercando la hora del huevito guisado con harta salsa y frijoles en bola. El café de olla suelta su aromático bienestar y las tortillas de harina amenizarán la sagrada reunión familiar.

Una hora después, los abanicos de pedestal traídos del otro lado, inician su adormecedor zumbido y el ininterrumpido canto de los grillos es la señal para descansar del ajetreo del día. Mañana es domingo y hay que levantarse temprano pa’ ir a misa.

Ing. Víctor M. Morales Ortíz




domingo, 22 de septiembre de 2013

Rose Divine

ROSE DIVINE

En aquellos años trunqué mis estudios y me fui a la aventura a California, una aventura de 6 años en las que le hice de todo: desde pizcar fresa, mandarina, chabacán, tomate, almendra, uva, de obrero, anduve de montacarguista, de troquero,…  y uno de los episodios más bonitos de esa época  fue cuando circunstancialmente tuve la oportunidad de crear un conjunto de acordeón y bajosexto.

Tenía 19 años y vivía con mis queridos tíos Lupe e Isidro, y mis primos Irma y Juán, en un pueblito que se llama Le Grand, como a 45 minutos al norte de Fresno, en una pequeña vecindad que yo llamé “Rose Divine”. Era una vecindad en forma de “U” con 3 casitas en cada lado, las casitas de los extremos eran las mas grandes, las demás eran de 2 aguas como de 4 x 3, con servicios sanitarios comunes al fondo.

Cada tarde después de llegar de mi trabajo en el fil (por la pronunciación de campo en inglés) me daba una buena ducha y mi tía Lupe ya tenía lista la cena en la que nunca fallaban las tortillas de harina y el cafecito. Después de la cena tomaba mi guitarra y me salía al frente de Rose Divine y en una banca medio maltrecha me sentaba y empezaba a rasgarle a la guitarra, tratando de sacarle alguna melodía, pero la verdad aún no era muy bueno para eso.

En una ocasión que estaba con mi guitarra pasó un individuo en un Chevrolet  1957 que por cierto es uno de los autos clásicos más atractivos. De rato volvió a pasar y el fulano volteaba  hacia donde estaba yo con mi guitarra. A la tercera vez ya se detuvo, se bajó del auto y se dirigió hacia mi. El cuate este era bajito de estatura, aguerado y con ojos medio verdosos, con un peinado a la Ritchie Valenz.

-“Buenas… oye disculpa, es que te he visto que estás aquí con la guitarra y pues quería preguntarte que tan bueno eres para tocar… ah, disculpa, me llamo Homero Zepeda y vivo aquí atrás del vecindario”.
-“Que tal Homero… yo me llamo Víctor “, y nos dimos un estrechón de manos.
-“Pués la verdad  nomas algunas pisadas, algunas canciones, pero no es gran cosa”, le dije.
-“Bueno, es que yo estoy aprendiendo a tocar el acordeón… ¿Cómo ves si nos juntamos a ver  que nos sale?... yo me sé algunas pisadas de bajosexto en la guitarra y te las podría enseñar”.
-“Pues por que no…  tu dices en donde te busco.

Homero me dio señales para llegar a su casa en otra vecindad y quedamos para vernos ahí todos los días como a las 7 pm.  Al siguiente día fui a buscar a Homero a su vecindad, que me gustó porque tenía varios árboles grandes al centro y eso como que lo hacía más fresco que Rose Divine. Ya tenía dos sillas dispuestas y una buena jarra de limonada. Me presentó a su esposa que era una mujer de tez morena, también bajita, muy atenta y con ojos de un color verde yerbabuena. Bueno, el color de ojos de Homero y los de su esposa hicieron una buena combinación que por lo pronto heredaron a sus dos pequeñitas. Empezamos la práctica y Homero me comento que al acordeón ya le sacaba algunas canciones. Me enseñó los pases de bajosexto y empezó a sacarle chispas a su acordeón de botones,.. de dos hileras.

Como a la semana ya nos salían bien algunas canciones y como a las dos semanas Homero me dijo: -“Mañana me voy a hacer de una de tres hileras porque ya me hace falta esa tercera hilera”.  Por alguna extraña razón los acordeonistas de ayer y de hoy se refieren al acordeón en femenino, como si al tocar estuviesen acariciando a una bella mujer.

Al día siguiente que llegué a la práctica ya estaba Homero con una sonrisa de oreja a oreja, presumiendo su acordeón nuevo, un Hohner negro de 3 hileras de botones. Y a partir de entonces empezamos a  acumular en nuestro repertorio un buen número de canciones rancheras, boleros, polkas, huapangos y una que otra en inglés. Ya entrados en gastos, al siguiente sábado yo me fui a comprar una guitarra eléctrica y un amplificador Fender  medianito, ah, y un micrófono. Y pues ya se imaginarán… empezamos a hacer más ruido.

Alguien le comentó a Mr. Greg, dueño de la cantina Old Pioneer de nosotros, nos buscó y estuvo un rato escuchándonos, Greg era gringo pero a su cantina iban casi puros “chicanos” (mexicanos) y eso lo obligó a aprender algo de español , luego nos preguntó que si queríamos tocar en la cantina los jueves, viernes y sábados, que él nos daría veinte dólares por tocada, más lo que pusieran los parroquianos en una copa por las canciones que nos pidieran. Nos quedamos viendo Homero y yo  y luego él dijo –“¿Cómo ves?”, y yo le respondí que sí, que qué podíamos perder.

Muchos chicanos eramos clientes del Old Pioneer y sobre todo porque como se trabajaba en el fil y por esos lugares el calorón es una constante, entonces lo teníamos que mitigar con unas cervezas “Hams”. En la radiola de la cantina el 80% de las canciones eran de “conjunto” (acordeón), algunos boleros y el restito en inglés, recuerdo que había de Frank Sinatra, Bobby Darin y Neil Sedaka.

Al día siguiente ya era viernes y para las 8 de la noche ya nos estabamos instalando en el estradito en el rincón de la cantina. Greg puso una copa grande de cristal sobre el ampli y nos dijo -“It’s for the tips” (para las propinas).

Le Grand era (y sigue siendo) un pueblo muy pequeño, casi puros hispano-mexicanos, mucho sembradío principalmente de tomate y almendra, y nomas había “uno” de cada cosa… una iglesia, una cantina, una gasolinera, una tienda, una cafetería , una placita,… El Old Pioneer era una cantinita de ladrillo, un rectángulo, muy bien cuidada. Tenía una barra de madera bien tallada color café obscuro a la izquierda y como de 6 metros de largo, del lado derecho como 5 o 6 mesas con 4 sillas cada una y al final el estrado o rincón en donde debutaríamos Homero y yo.

Mientras los parroquianos empezaban a llegar, hicimos la lista de canciones que podríamos tocar. De rato llegaron los primeros clientes y nos vieron con cara de “¿y estos?”, saludaron y se sentaron. Luego llegaron más clientes y ya cuando eran algunos ocho el dueño de la cantina nos hizo una señal, indicándonos que ya podíamos empezar a hacer ruido.  Las canciones que más gustaban en ese entonces eran de Los Relámpagos, de Rubén Vela, de Gilberto Pérez, de Tony de la Rosa, y empezamos con una polka de Gilberto Pérez. La terminamos y yo creo que nos fue bién porque aplaudieron. Homero y yo nos vimos como pensando lo mismo… “parece que les gustó”.  Y como que se rompió el hielo y se nos quitaron los nervios, y seguimos cantando y tocando ya más sueltos, y los clientes pidieron canciones y con cada petición ponían en la copa 1 ó 2 dólares por cada canción solicitada. Total, ese día fue nuestro debut ante el público, nos fue muy bien y salimos con los 20 dólares más 16 de las propinas. Esa pizca estuvo buena.

Como a las dos semanas entró al Old Pioneer un chavo alto, delgado, con cara de boxeador amable, y se sentó en la barra. Cuando hicimos el “break” se levantó y nos fue a felicitar.

-“Oigan… tocan muy bien… los felicito… eh, como ven si, es que pues yo tengo una tambora y la se tocar, y se que no tienen a nadie que toque la tambora. ¿Cómo ven si me dan chanza de tocar con ustedes?”.

Le dije a Homero –“¿Cómo ves?... yo creo que nos hace falta eso”, y mi compañero asintió y le dimos la bienvenida al boxeador amable que se presentó como German Lira.  Debo decir que el término “batería” no lo usan por allá, entonces tocan los tambores  (drums).

Para el mes de estar tocando en el Old Pioneer  ya teníamos dos micrófonos, dos amplis (uno para las voces y otro para mi guitarra), acordeón y batería. Obvio decir que ya hacíamos buen ruido. La verdad Germán resultó ser un excelente tamborero (drummer) y mejor amigo. Quiero agregar que todos andábamos en la misma edad, más menos 20 años. También supimos que Germán acostumbraba a ir un gimnasio a practicar el box… vaya coincidencia.

Seguimos tocando en el Old Pioneer y disfrutando de nuestra suerte porque estábamos haciendo lo que nos gustaba, hasta que alguién nos mandó a un recomendado que se presentó como Felipe Galicia y quien resultó ser un buenazo para el bajosexto y además tenía una voz preciosa para alcanzar los contraltos.

Para ese entonces Homero ya se había cambiado a una casa en medio de árboles de almendra en las afueras de Le Grand, y nuestros ensayos que eran cada miércoles ya se hacían en un cuarto que Homero había habilitado para ese propósito. Cuando Felipe Galicia se presentó en la cantina nos dijo que quería que primero lo escucháramos cantar y tocar el Bajosexto. Cuando acudió al siguiente ensayo bajó de su auto un bajosexto precioso y un amplificador Gibson de muy buena potencia. Instaló su equipo, afinamos y al tocar la primera canción nos dimos cuenta que Felipe era el que nos faltaba, quedó “contratado” y así se formó el “Conjunto Los Vagabundos”, y dicho sea de paso el nombre fue idea mía y bien aceptado por los demás.

Con la llegada de Felipe Galicia la asignación de roles cambió y yo me convertí en bajista y primera voz, Felipe contralto y bajosexto, Homero acordeonista y tercera voz, y el boxeador amable con su bateria. Yo me compré un bajo igualito al de Paul McCartney, un ampli especial para bajo  y uñas de fieltro. Ya teníamos dos micrófonos en “T”, uno independiente para cuando Homero hacía la 3era voz y otro para el acordeón.

Seguimos tocando en el Old Pioneer pero Greg sabía que no íbamos a durar mucho en su cantina, y así fué, Johnny el dueño del “Planada bar” que se encontraba precisamente en el pueblo siguiente (Planada) y que  era como 4 veces más grande que el Old Pioneer y con una pista de baile de muy buen tamaño, nos contrató para tocar en su cantina. Nos ofreció 40 dólares para cada quien por tocada, más las propinas de la copa, pero nadamás los viernes y sábados. ¿Qué más se podía pedir?... ganar 80 dólares por hacer lo que nos gustaba. También para ese entonces nos empezaban a contratar para bodas, quinceaños y bailes.

Debo agregar que como un gesto de agradecimiento, seguimos tocando en el Old Pioneer los jueves, pero nomás llevábamos el acordeón y el bajosexto, sin equipo adicional, y nos servía para ensayar y poner las novedades a consideración de Greg y los parroquianos. Ya no le quisimos cobrar los 20 dólares aunque el insistía en hacerlo y en mantener la copa de los tips sobre una mesita. Después supimos que Greg nos había recomendado con el Johnny para tocar en Planada. Creo que se dio cuenta que ya necesitábamos más espacio y fue como una especie de padrino.

Estoy hablando mas o menos de 1965. El Rock and Roll, Los Beatles y los Rolling Stones ya hacían de las suyas, ya eran los amos y señores de la voluntad de los adolescentes, y en Los Vagabundos ya incluíamos algunas canciones en inglés: Something Stupid, She’s about a mover, Crying time, 96 tears, y en esas canciones Homero cableaba su acordeón a un ampli y el resultado era formidable. En la canción de 96 tears yo tocaba la batería y cantaba, Germán tocaba el bajo.

Pero Los Vagabundos no nadamás tocaban, seguíamos con nuestra vida rutinaria. Homero y yo trabajábamos en un vivero de enormes proporciones, el Bright’s Nursery, y hacíamos nuestros pininos injertando plantas de durazno, por contrato, nos pagaban a un centavo por arbolito injertado. Yo era el injertador y cargaba mi carcaj en la espalda pero en lugar de flechas eran varitas con brotes de injerto, le hacía una incisión en cruz a las plantitas, cortaba los brotes de las varitas en forma de uña y los insertaba en la incisión, valga la redundancia. Detrás de mí venía Homero con un morralito lleno de tiras de goma (ligas abiertas) para amarrar el brote, 3 vueltas arriba, tres vueltas abajo. Agarramos tan buena práctica y velocidad que por quincena yo llegué a ganar mas o menos 750 dólares, Homero un poco menos por ser amarrador, y la verdad era muuucha lana para mis necesidades. La temporada del injerto duraba algunos 3 meses y para ese tercer mes yo acumulaba casi todos los cheques, ya que apenas llevaría gastados algunos 150 dólares del primero. La ganona de todo esto fue mi madre que le hice llegar en money orders todos esos cheques que se me acumulaban. De hecho nunca dejé de mandarle dinero a mi querida madre.

El trabajo del injerto requería de un buen esfuerzo físico porque andabas todo el día bajo un sol intenso, ratos de rodillas y ratos empinado, y los surcos de plantitas de durazno eran como de aquí hasta ancase la madre… como de 400 metros de largo, y para ello teníamos que ir bien preparados. Imagínenme parado frente a ustedes, con pantalón caqui tipo cargo, camisa de manga larga de mezclilla azúl claro, guantes blancos delgados a los que les mochábamos los dedos, botas tipo roper, sombrero blanco de algodón, de ala cortita y ondulada, paliacate alrrededor del cuello, rodilleras de mezclilla gruesa y una corteza de hule que nosotros mismos confeccionábamos, ya que andábamos de rodillas por mucho tiempo. Completaban mi ajuar 3 cuchillitos con sus fundas, una piedra de afilar y una correa de piel para el filo de los cuchillos, así como los peluqueros afilan sus navajas, ah, y una cantimplora de aluminio forrada de lona. Todo a la cintura, ¡ayjoesú… parecía un Rambo cualquiera!.

Trabajábamos desde que amanecía hasta que ya el sol no daba para más, ya que había que aprovechar la temporada al máximo. Lo bueno es que Homero y yo nos la pasábamos cantando y ensayando algunas canciones mientras trabajábamos. Al terminar nos íbamos directito al Old Pioneer a saludar a Greg que nos recibía con sendas latas de cerveza Hams bien heladas. El trabajo combinado con las tocadas era algo duro, pero ambas actividades nos dejaban muchas satisfacciones de vida y monetarias.

De Planada nos contrataron para un club en la ciudad de Merced que ya era de más renombre, y ya ahí pues nos pagaban al menos un 50% más y nuestra polularidad iba en ascenso, pues ya nos contrataban para más bailes en varios pueblos cercanos. Mientras estuvimos tocando en Merced ocurrieron algunos incidentes y aquí les platico tres de ellos.

1 Estábamos tocando y entre la clientela se encontraban en la barra dos muchachas muy guapas, altas, blancas, con el pelo ondulado muy negro y con unos ojos preciosos azul obscuro. Me di cuenta de todo esto por lo que sigue. Una de ellas giró su asiento, levantó su copa dirigiéndose a mí, y me empezó a hacer caras y gestos… o sea, coqueteando. En el break se acercó conmigo y me dijo que le gustaba, que quería conocerme y me dijo que me quería invitar una cerveza.  Total estuve con ella platicando en la barra hasta que se acabó el break, y la baby me dijo que se quería ir conmigo cuando acabáramos de tocar. Volví para acomodarme el bajo al hombro y en eso se acerca Tony, un buen amigo y me dice:

-“Victor ya te vi… ¿Qué tal la baby?”.
-Pues muy guapa… quiere que la siga viendo, le respondí con pose de Don Juán..
 -Oye, ella y su hermana son de raza Cherokee, pero ponte abusado porque su marido es muy celoso y muy cabrón. 
Y pues anda-vete… en ese momento se acabó el idilio.

2 En otra ocasión se acercó un fulano y me dijo que quería oir una canción, Cucurrucucú Paloma, y me preguntó que si me la sabía. Le dije que sí y puso en la copa un billete y me dijo: -“Ay’tan 20 dólares… quiero oir esa canción 10 veces seguidas.... y más te vale que me complazcas bato”. Y que me pongo a cantar medio nervioso Cucurrucucú Paloma una vez, y otra, y otra, y la gente empezaba a molestarse, y un chavo se arrimó para preguntarme que por que hacía eso, y pues le dije que estaba complaciendo a un cliente. Y el chavo nos dijo –No, ya estuvo… ya canten otras canciones… y que se arrima el palomo para defender su solicitud,… y que se arma la bronca… como en las películas del viejo oeste, todos contra todos, y volaban sillas y botellas. Nosotros nos escondimos en un cuartito como de triques que estaba detrás del foro y ahí nos quedamos hasta que oímos que llegó la policía y ya salimos. Y como dicen los regios… era un reverendo desmadre y afuera en el estacionamiento los carros con vidrios y antenas quebrados, golpeados. El dueño nos dijo que no nos preocupáramos, porque iba a meter mucha vigilancia. Y así lo hizo. El palomo ya no se volvió a parar en el bar.

3 Un día nos contrataron para tocar en un pueblo al norte de San Francisco o Frisco como le dicen por allá.  Recuerdo que en esa ocasión llegamos al Ballroom del pueblo y se nos hizo raro no ver movimiento. Descargamos nuestro equipo, instalamos, afinamos, y nada que llegaba la gente… bueno, los encargados del ballroom nos preguntaron que hacíamos ahí. Les mostramos el contrato y nos dijeron que desconocían de ese baile pero que el contrato era bueno. Como muestra de nuestra presencia tocamos 3 canciones, los encargados del salón firmaron de testigos y nos retiramos. El cliente nos pagó pero nunca nos dijo que había sucedido.

A mitad de camino de regreso nos detuvimos en un salón conocido en la cd. de Modesto, y como si hubiese sido un milagro, cuando nos vio se le iluminó la cara y nos pidió de favor que tocáramos porque dos integrantes del grupo que tenía contratado tuvieron un incidente y no se pudieron presentar, así que salimos al quite. Lo bueno es que tocamos con el equipo y batería del otro grupo, y solo bajamos nuestros instrumentos. Bueno, esa ocasión cobramos doble, lo del baile cancelado y lo de esa tocada.
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Los Vagabundos ya eran famosillos en una gran parte alrededor de Merced, y debo presumir que tuvimos la oportunidad de alternar con Los Relámpagos del Norte y en una ocasión con El Palomo y el Gorrión.

Pero como dicen por ahí: “Nada es para siempre”, un buen día se le atravesó a Homero una mujer flaca, fea, con huellas de que tuvo mucho acné, pero le robó la memoria a nuestro acordeonista, y fue tan fuerte ese “enamoramiento” que la mujer ya lo controlaba y no lo dejaba ir ni a los ensayos, y hasta Homero se divorció de su mujer mil veces más bonita. En la última tocada prácticamente tuvimos que sacarlo de la cama y después de eso decidimos dejar descansar a Los Vagabundos, ya que no tuvimos respuesta de Homero.

Sentimos que fue culpa de esa mujer que se le metió como el diablo a nuestro amigo, ya que cuando queríamos hablar con él siempre se burlaba y nos decía que Homera haría lo que ella le pidiera… que nos olvidáramos de él. Quedamos tan dolidos con Homero que ya ni nos dieron ganas de buscar a otro acordeonista.

Me regresé a Monterrey a continuar mis estudios siguiendo la recomendación de mi gran amigo Juan Antonio (+), y entré a estudiar lo de sistemas en el ITESM, carrera que después me dio muchas satisfacciones. Un año después volví  a California y mi amigo Tony me dijo que Homero seguía con el conjunto, pero con otros integrantes, y que ya no estaba con aquella mujer fea.  Los fui a ver tocar en un bar y Homero me invitó a cantar una canción con él, nos despedimos y no nos volvimos a ver por muchos años. Los Vagabundos con Homero Zepeda, Victor Morales, Germán Lira y Felipe Galicia, pasaron a ser un bonito recuerdo de mi estadía en California, y no se, podría decir que gracias a la tontería de Homero mi vida dio un giro de 360°, circunstancia que me permitió terminar mi carrera de ingenieria, tener un buen trabajo y casarme con quien hoy sigue siendo mi amada esposa y a quien le doy gracias por ser una gran mujer, incansable luchista, y por haberme dado 3 hijos y hasta hoy 2 preciosas nietas.

En el 2004 fui a Le Grand y tuve la oportunidad de saludar a Homero, platicamos un buen rato y nos tomamos algunas fotos. Homero falleció hace como dos años. De Germán y Felipe ya nunca supe nada… espero que les haya ido bien en la vida.


De esa época en California hay otra historia algo interesante, que llamaría “La Mujer de Maximino”, que también  tuvo lugar en el Rose Divine, y que algún día lo presentaré como una anécdota interesante de un servidor. Claro que con el permiso de la Bo.