Las Mecedoras
El sol se acerca con lentitud hacia las 18 horas. Es
sábado y sobre las banquetas recién regadas empiezan a aparecer las mecedoras
de madera azules, las amarillas y de otros colores.
La hora de la siesta le ha cedido espacio a la del rutinario
chisme y la charla amena, la merienda con pan de horno, gorditas de azúcar y la
pecsi de naranja. Las señoras y las respetables ancianas del pueblo, acomodan
las mecedoras en su lugar de siempre y ya sentadas inician un interminable y
cadencioso crujir, que deja huellas de historia sobre el concreto.
Los varones de setenta pa’rriba, cronistas “honoris causa”
del pueblo y otros un poco más jóvenes, acuden a la placita a la misma hora y a
la misma banca, a reunirse con los mismos grupos de amigos. Todos llegan bajo
un rústico sombrero blanco de palma y los más avezados portan una cachucha
patrocinada por Mr. John Deere. Este día como todos los que pasaron y los que
vendrán, alrededor de las bancas abundarán las historias de pueblo y de
brechas, de fantasmas, de la vaca que parió, de la revolución, de la gente que
se fue, y desde la tienda “La Esperanza” se escucha un radio y las tristes
coplas de un “Ingrato Amor” que en las voces de Los Alegres de Terán se hacen
aún más tristes.
Por la empedrada calle, Don Evaristo empuja su carrito de
paletas y el inconfundible repiqueteo de la campanita anuncia la aproximación
de la golosina. Niños y niñas ya le están jalando el delantal a su “amá” o a su
“mamá grande”, con la esperanza de que del monedero sustraigan una o dos
monedas para asaltar a Don Eva antes de que se le derritan más las paletas.
Por las calles empiezan a circular los chavos en sus pick
up’s y como si fuera ritual, van de un extremo a otro del pueblo por la calle
principal, siempre con el estereo a todo volúmen, y pasan altivos por el lado
de la plaza en donde las muchachas ya están cuchicheando y mirando de reojo a
los mancebos y más a los que vienen de la ciudad a pasar el fin de semana.
La bulliciosa
plaza está siendo tomada por la juventud mientras los viejos preparan la
posdata. Las mecedoras han cumplido su misión de ser fieles confidentes de las
señoras y vuelven al fresco interior, a resguardarse entre las gruesas paredes
de adobe, los techos altos con sus vigas de madera y el piso de cemento pulido
con olor a petroleo.
Se está acercando
la hora del huevito guisado con harta salsa y frijoles en bola. El café de olla
suelta su aromático bienestar y las tortillas de harina amenizarán la sagrada
reunión familiar.
Una hora después,
los abanicos de pedestal traídos del otro lado, inician su adormecedor zumbido y el ininterrumpido canto de los grillos
es la señal para descansar del ajetreo del día. Mañana es domingo y hay que
levantarse temprano pa’ ir a misa.
Ing. Víctor M.
Morales Ortíz
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